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| | |-+  CUANDO HIERVE LA SANGRE -II--
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Autor Tema: CUANDO HIERVE LA SANGRE -II--  (Leído 453 veces)
Jotaene
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CUANDO HIERVE LA SANGRE -II--
« en: 04 May 2006, 09:58:51 »

Andrés fijó su mirada en los muslos separados de Davinia, y sus caderas se movieron más rápido, el sonido de su vientre golpeando el trasero de Casandra creo una indescriptible excitación en Davinia. Ella elevó sus manos a sus pechos y se los apretó, casi dolorosamente, mientras Casandra sorbía más fuerte su clítoris. Repentinamente, Casandra se puso rígida, y echó su cabeza hacia atrás con un fuerte rugido, atravesándola el orgasmo. Cuando su liberación terminó, cayó de lado sobre el colchón, liberándose del miembro de Andrés.

Andrés clavó los ojos en Davinia, sus muslos todavía abiertos y separados para su examen. La mirada de ella se dirigió a su pene, rojo, con las venas muy marcadas y refulgentes.

— Tuya, tú lo ordenaste — Dijo él, doblándose para coger sus tobillos, arrastrándola por la cama hacia él.

Davinia cayó de espaldas sobre el colchón, y su mirada quedó atrapada con la de él.

—   Tómame – dijo, enganchando sus antebrazos debajo de sus rodillas, él levantó su trasero de la cama y se zambulló dentro de ella con un grito.

La tensión, caliente, exasperante, empezó a expandirse dentro de ella, emanando desde su vientre a su sexo, mientras él embestía con sus caderas, entrando más y más profundo dentro de ella. Casandra gateó hacia ella, tomando el pecho que tenía más cerca dentro de su boca, moviéndose sobre el pezón, succionándolo y atacándolo con sus dientes. Una mano reptó hacia abajo, hasta que sus dedos encontraron el clítoris de Davinia, y lo agarró y lo hizo girar entre sus dedos.

Rindiéndose completamente a su amante, la espalda de Davinia se arqueó sobre la cama cuando una ola de sensaciones explotó en su vientre, y su vagina se apretó alrededor del miembro de Andrés, ordeñándolo. Con un rugido, su semilla se derramó dentro de ella, bañándola en una marea cálida. Cuando Davinia recobró trabajosamente la conciencia, oyó las risitas de Casandra.

— No sabía que había tanto dentro de ti. Dios, estoy exhausta.— se tumbó al lado de ella en la cama, un brazo rodeando el vientre de Davinia. Andrés se estiró al lado de Davinia, la mano debajo de su cabeza, su pecho todavía agitándose por su trabajosa respiración.

Su brazo extendido descansó en el colchón sobre la cabeza de ella, y ella levantó su cuello para que él lo pusiera debajo. Emparedada entre dos cálidos cuerpos, Davinia se deslizó al sueño.

Andrés despertó en la oscuridad a la dulce sensación de dos lenguas lamiendo sus testículos. Una mano pequeña alrededor de su pene medio erguido, y una de las mujeres emitiendo risitas, Casandra, recordó él.
—   Ya está despierto — Susurró ella.
—   No importa, chupémosle completamente — Ordenó Davinia.


La verga de Andrés se endureció en un segundo. El aura de poder de una mujer, especialmente en asuntos de dormitorio, era el afrodisíaco más poderoso. Acostumbrado a guiar, dejar el control a Davinia para que hiciera lo que a ella le apeteciera era puro tormento.

Encontrarla dirigiendo también las acciones de la otra mujer le puso un poco nervioso. Las lenguas reanudaron su dulce tortura, deslizándose a lo largo de toda su longitud, parando para aparearse ruidosamente en medio del camino mientras él esperaba impaciente que ellas recordaran que él era el objeto de su búsqueda.

Entonces se separaron, una de vuelta a sus testículos, la otra lamiendo un camino húmedo, ardiente, siguiendo hacia arriba los surcos de la cabeza de su pene. Cielos. La cabeza de Andrés cayó ruidosamente sobre la almohada y sus caderas se elevaron de la cama. Los labios situados debajo se metieron sus testículos en la boca, después los chupó dentro de su ardiente boca para bañarlos con su vigorosa lengua. Los labios situados arriba se hundieron alrededor de su pene, succionando cuando se pararon, mordisqueándole ligeramente con los dientes. Incapaz de estarse quieto, empezó a dar ligeros empujes.

Necesitando tocar algo, trató de alcanzar a las mujeres, sus manos encontraron sus cabezas, pero ellas apartaron sus manos. Las mujeres se desplazaron en la cama, y Andrés contuvo la respiración, muriéndose por saber qué sería lo siguiente que harían. La cama se hundió al lado de su cabeza, y, al mismo tiempo, muslos calientes se montaron a horcajadas sobre sus caderas. El calor de un caliente sexo se deslizó sobre su cara mientras otro se deslizaba hacia el extremo de su miembro.

Con un gruñido, Andrés elevó su cara para hundirse en la húmeda carne suspendida sobre su boca, haciendo girar su rasposa barbilla sobre el clítoris de la mujer. Su sabor no le era familiar... Casandra. Davinia estaba jugando sobre su miembro. Sus caderas hacían un movimiento circular, oprimiendo su verga, luego moviéndose de arriba a abajo con golpes cortos, duros, que frotaban su clítoris en el tieso pelo que rodeaba la base de su sexo.

— Dame tus pechos — Dijo Casandra, y Andrés sintió a las mujeres inclinarse una sobre la otra, luego oyó la boqueada de Davinia y los sonidos húmedos y de succión que Casandra hacía mientras asía un pezón. Él sólo podía imaginar la expresión de Davinia. Le vino a la mente la imagen del abandono de ella cuando una mujer chupaba sus tetas, y ella usaba su pene como un vibrador para su propio placer.

Estoy en el infierno. ¿Cómo recobrar el control? Quita a una de la ecuación. Las caderas de Davinia se movieron más rápidas arriba y abajo sobre él, y Andrés reinició su asalto sobre el sexo de Casandra, lamiendo su clítoris con la lengua mientras deslizaba dos dedos dentro de ella que se echó hacia atrás, apremiándole para que llegara más profundo. Ahuecando su mano, lentamente insertó su puño, y Casandra cesó de moverse, sus muslos temblando contra sus mejillas. Él empezó a retirarse.

—   No, no pares.— Imploró ella, y empujó hacia atrás, tomando su puño dentro de ella más profundamente, las paredes de su vagina ondulando alrededor de sus dedos.
— ¡Ajá! Casi te tengo.

Entonces una mano se cerró alrededor de sus testículos, haciéndolos girar dentro de su bolsa, apretando suavemente. Los pies apoyados en el colchón, Andrés corcoveó debajo de Davinia, luego inició su propio ritmo de embestidas. Davinia se movió en sentido contrario, boqueando trabajosamente. Casandra gimió y movió sus caderas, mientras Andrés abandonaba la precisión para dar pequeños golpecitos con su lengua alrededor de su clítoris. Cuando su orgasmo la golpeó, las paredes se apretaron alrededor de su mano, pulsando al ritmo del coro de sus gemidos.

— Oh, oh, oh...


Cuando los espasmos finalizaron, Andrés dio a su sexo un último beso y elevó su cara. Davinia había parado de moverse sobre su miembro, y su agitada respiración indicaba que necesitaba que él tomara el control sobre el arduo trabajo. Él sonrió a Davinia, listo para vengarse.

—   Oh, Casandra, amor.— Incitó Andrés
—   Hum, ¿pirata?
—   ¿Estás preparada para ayudar a Davinia a encontrar su dicha?
—   Seguro — Replicó ella, su voz ronca. — Sólo dime qué quieres que haga.

Davinia jadeó, tratando de calmar su corazón, pero la voz de Andrés, su matiz bajo e íntimo a oscuras, junto con su enorme erección, causaban que su vientre y sus muslos temblaran de excitación. Esperó mientras él instruía a Casandra. El timbre de sus voces, una oscura y profunda, la otra clara y coqueta, hizo que casi perdiera el tren de la conversación.

—   Súbete encima mío, Davinia — Dijo Andrés. Sus manos en su cintura la ayudaron a que torpemente cumpliese con sus órdenes.
—   Date la vuelta, amor. Sostente en mí. Ahora, dóblate.

Vulnerable y expuesta, su vagina goteó. El calor que maduraba en su vientre creció convirtiéndose en una llama rugiente cuando sus manos acariciaron sus nalgas.

—   Separa las piernas, amor. Ella ensanchó su postura. Sus manos apartaron el interior de sus muslos.
—   Más.               
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